nieves eternas, descendían a valles veraniegos en medio de nubes de mosquitos y moscas, y a la sombra de los glaciares pizcaban fresas y flores tan maduras y hermosas como cualquiera de las que el Sur pudiera blasonar. En el otoño del año penetraron en una extraña región de lagos, triste y silenciosa, donde había habido aves acuáticas, pero donde ya no había vida ni señal de vida: solo el soplar de vientos gélidos, la formación de hielo en lugares resguardados y el melancólico rumor de las olas en playas solitarias.
Y a través de otro invierno deambularon por los senderos borrados de hombres que los habían precedido. Una vez, dieron con una senda abierta en el bosque, un sendero antiguo, y la Cabaña Perdida pareció muy cercana. Pero el sendero no empezaba en ninguna parte ni terminaba en ninguna parte, y siguió siendo un misterio, como lo eran el hombre que lo había trazado y el motivo por el que lo había hecho. En otra ocasión tropezaron con los restos esculpidos por el tiempo de un refugio de caza, y entre los jirones de mantas podridas John Thornton encontró un fusil de chispa de cañón largo. Lo reconoció como un arma de la Compañía de la Bahía de Hudson de los primeros tiempos en el Noroeste, cuando semejante arma valía su altura en pieles de castor prensadas. Y eso fue todo: ni el más leve indicio sobre el hombre que en una época remota había levantado el refugio y dejado el arma entre las mantas.
La primavera regresó una vez más, y al final de todos sus deambulares no encontraron la Cabaña Perdida, sino un depósito aluvial poco profundo en un amplio valle donde el oro brillaba como mantequilla amarilla en el fondo de la batea. No buscaron más. Cada día de trabajo les reportaba miles de dólares en polvo limpio y pepitas, y trabajaban todos los días. El oro era