de un modo tan chapucero que el resto del día se lo pasaban deteniéndose y reordenando la carga. Algunos días no hacían ni diez millas. Otros días no lograban ponerse en marcha en absoluto. Y ningún día consiguieron hacer más de la mitad de la distancia que los hombres usaban como base para calcular la comida de los perros.
Era inevitable que se quedaran sin comida para perros. Pero lo apresuraron sobrealimentándolos, acercando el día en que comenzaría la subalimentación.
Los perros de fuera, cuyas digestiones no habían sido entrenadas por la hambruna crónica para aprovechar al máximo lo poco que había, tenían un apetito voraz. Y cuando, además de esto, los cansados huskies tiraban con debilidad, Hal decidió que la ración ortodoxa era demasiado pequeña. La duplicó.
Y para colmo, cuando Mercedes, con lágrimas en sus bonitos ojos y un temblor en la garganta, no conseguía persuadirlo para que les diera aún más comida a los perros, robaba de los sacos de pescado y los alimentaba a escondidas.
Pero lo que Buck y los huskies necesitaban no era comida, sino descanso. Y aunque avanzaban con lentitud, la pesada carga que arrastraban mermaba gravemente sus fuerzas.