el corazón se le iba a salir del cuerpo, tan grande era su éxtasis. Y cuando, ya liberado, se ponía en pie de un salto, con la boca riendo, los ojos elocuentes, la garganta vibrando con un sonido no emitido y, de ese modo, se quedaba sin moverse, John Thornton exclamaba con reverencia: «¡Dios! ¡Casi puedes hablar!».
Buck tenía una manera de expresar su amor que rayaba en el dolor. A menudo le agarraba la mano a Thornton con el hocico y apretaba con tanta fiereza que la carne guardaba la marca de sus dientes un buen rato después. Y así como Buck entendía que los denuestos eran palabras de amor, el hombre comprendía que esta mordedura fingida era una caricia.
Por lo general, sin embargo, el amor de Buck se expresaba en adoración. Aunque enloquecía de felicidad cuando Thornton lo tocaba o le hablaba, no iba en busca de esas muestras.
A diferencia de Skeet, que solía meter el hocico bajo la mano de Thornton y empujar y empujar hasta que la acariciaban, o de Nig, que se acercaba con paso firme y apoyaba su gran cabeza en la rodilla de Thornton, Buck se conformaba con adorar desde la distancia.
Se quedaba tumbado durante horas, ávido, alerta, a los pies de Thornton, mirando su rostro, recreándose en él, estudiándolo, siguiendo con el más vivo interés cada expresión fugaz, cada movimiento o cambio de facciones.
O, según se diera la ocasión, se tumbaba más lejos, a un lado o atrás, observando los contornos del hombre y los movimientos ocasionales de su cuerpo. Y a menudo, tal era la comunión en la que vivían, la fuerza de la mirada de Buck hacía girar la cabeza de John Thornton, y este le devolvía la mirada, sin hablar, con el corazón brillando en sus ojos del mismo modo que el corazón de Buck brillaba en los suyos.
Durante mucho tiempo después de ser rescatado, a Buck no le gustaba que Thornton desapareciera de su vista. Desde el momento en