Perrault lo escaló de milagro, mientras François rezaba justamente por ese milagro; y con cada correa, cada atadura del trineo y el último trozo de arnés convertido en una larga cuerda, los perros fueron izados, uno por uno, hasta la cima del acantilado. François subió el último, después del trineo y la carga. Luego vino la búsqueda de un lugar para descender, descenso que finalmente se realizó con la ayuda de la cuerda, y la noche los encontró de nuevo en el río con un cuarto de milla a favor en el balance del día.
Para cuando llegaron a Hootalinqua y al buen hielo, Buck estaba hecho polvo. El resto de los perros se encontraba en condiciones similares; pero Perrault, para recuperar el tiempo perdido, los arreaba de sol a sol.
El primer día cubrieron treinta y cinco millas hasta el Big Salmon; al día siguiente, treinta y cinco más hasta el Little Salmon; el tercer día, cuarenta millas, lo que los dejó muy cerca de los Cinco Dedos.
Los pies de Buck no eran tan compactos y duros como los de los huskies. Los suyos se habían ablandado durante las muchas generaciones transcurridas desde el día en que su último ancestro salvaje fue domesticado por un habitante de las cavernas o de la ribera. En todo el día cojeaba con dolor y, una vez montado el campamento, se tendía como un perro muerto. Por hambriento que estuviera, no se movía para recibir su ración de pescado, que François tenía que llevarle. Además, el pericacho le frotaba los pies a Buck durante media hora cada noche después de cenar, y sacrificó las partes superiores de sus propios mocasines para fabricarle cuatro a Buck. Esto supuso un gran alivio, y Buck logró que hasta el reseco rostro de Perrault se torciera en una sonrisa una mañana en que François olvidó los mocasines y Buck se quedó tumbado de espaldas, con las cuatro patas agitándose suplicantes en el aire, y se negó a moverse sin ellos.