era despiadado. Había aprendido bien la ley del garrote y el colmillo, y jamás desaprovechaba una ventaja ni retrocedía ante un enemigo al que hubiera puesto en camino hacia la Muerte. Había aprendido la lección de Spitz y de los principales perros de pelea de la policía y del correo, y sabía que no había término medio. Debía dominar o ser dominado, mientras que mostrar piedad era una debilidad. La piedad no existía en la vida primordial. Se malinterpretaba como miedo, y tales malentendidos conducían a la muerte. Matar o morir, comer o ser comido, esa era la ley; y este mandato, surgido de las profundidades del Tiempo, él lo obedecía.
Era más viejo que los días que había vivido y las respiraciones que había tomado. Unía el pasado con el presente, y la eternidad que dejaba atrás latía a través de él en un ritmo poderoso al que se mecía como se mecían las mareas y las estaciones.
Se sentaba junto al fuego de John Thornton, un perro de pecho ancho, colmillos blancos y pelaje largo; pero tras él estaban las sombras de toda clase de perros, lobos mestizos y lobos salvajes, apremiantes e instigadores, que saboreaban el manjar que él comía, sedientos del agua que bebía, rastreando el viento con él, escuchando con él y diciéndole los sonidos producidos por la vida salvaje en el bosque, dictando sus estados de ánimo, dirigiendo sus acciones, tumbándose a dormir con él cuando él se tumbaba, y soñando con él y más allá de él, convirtiéndose ellos mismos en la materia de sus sueños.
Tan imperiosamente lo llamaban estas sombras, que cada día la humanidad y las exigencias de la humanidad se alejaban más de él. Lo profundo del bosque emitía un llamado, y cuantas veces escuchaba este llamado, misteriosamente estremecedor y seductor, se sentía obligado a dar la espalda al fuego y a la tierra apisonada que lo rodeaba, y a adentrarse en el bosque, más y más, sin saber dónde ni por