Dub estaba mal herido en una pata trasera; Dolly, la última husky añadida al equipo en Dyea, tenía el cuello desgarrado; Joe había perdido un ojo; mientras que Billee, el bondadoso, con una oreja mordida y hecha jirones, lloró y gimió durante toda la noche. Al amanecer regresaron cojeando con cautela al campamento, para descubrir que los merodeadores se habían ido y los dos hombres estaban de mal humor. Prácticamente la mitad de su provisión de comida había desaparecido. Los huskies habían roído las ataduras del trineo y las cubiertas de lona. De hecho, nada, por remotamente comestible que fuera, se había salvado. Se habían comido un par de mocasines de piel de alce de Perrault, trozos de las correas de cuero e incluso sesenta centímetros de la guasca del extremo del látigo de François. Este apartó la vista de la triste contemplación del objeto para examinar a sus perros heridos.
—Ah, mis amigos —dijo con suavidad—, tal vez los vuelva perros rabiosos, tantas mordeduras. ¡Tal vez todos perros rabiosos, sacredam! ¿Qué creen, eh, Perrault?
El mensajero negó con la cabeza con dudas. Con cuatrocientas millas de sendero aún por delante hasta Dawson, difícilmente podía permitirse que se desatara la locura entre sus perros.
Dos horas de maldiciones y esfuerzo dejaron los arneses en condiciones, y la recua, entumecida por las heridas, se puso en marcha, luchando dolorosamente sobre la parte más dura del sendero que habían encontrado hasta entonces, y a decir verdad, la más dura entre ellos y Dawson.
El río Thirty Mile estaba completamente abierto. Sus aguas bravas desafiaban la helada, y solo en los remolinos y en los lugares tranquilos el hielo se mantenía.