por cauces secos de ríos y acechar y espiar la vida de las aves en los bosques. Durante días enteros se tumbaba en la maleza, donde podía observar a las perdices tamborileando y pavoneándose de un lado a otro. Pero sobre todo le encantaba correr en la penumbra crepuscular de las medianoches de verano, escuchando los murmullos apagados y adormilados del bosque, interpretando señales y sonidos como un hombre puede leer un libro, y buscando algo misterioso que lo llamaba —que lo llamaba, despierto o dormido, a todas horas, para que fuera.
Una noche se despertó de un salto, con los ojos ávidos, las fosas nasales temblorosas y olfateando, con la crin erizada en ondas recurrentes.
Del bosque llegó la llamada (o una nota de ella, porque la llamada tenía muchas notas), clara y definida como nunca antes: un aullido prolongado, parecido y a la vez distinto a cualquier ruido emitido por un perro esquimal. Y la reconoció, de la vieja y familiar manera, como un sonido escuchado con anterioridad.
Saltó a través del campamento dormido y, en veloz silencio, se adentró raudo en el bosque. A medida que se acercaba al grito, avanzaba más lentamente, con cautela en cada movimiento, hasta que llegó a un claro entre los árboles y, al asomarse, vio, erguido sobre sus cuartos traseros y con el hocico apuntando al cielo, a un lobo gris, largo y flaco.
No había hecho ruido alguno, pero este dejó de aullar e intentó captar su presencia. Buck avanzó sigilosamente hacia el claro, medio agachado, con el cuerpo recogido y compacto, la cola recta y rígida, y las patas posándose con inusitado cuidado. Cada uno de sus movimientos anunciaba una mezcla de amenaza y oferta de amistad. Era la tregua amenazadora que marca el encuentro de las bestias salvajes que cazan para subsitar.