Pero fue entonces cuando ocurrió lo imprevisto, aquello que pospuso su lucha por la supremacía muy hacia el futuro, más allá de muchas fatigosas millas de sendero y esfuerzo.
Un juramento de Perrault, el estruendoso impacto de un garrote sobre un cuerpo huesudo y un agudo aullido de dolor anunciaron el desatarse del pandemónium. De repente, se descubrió que el campamento estaba lleno de formas peludas y furtivas: huskies famélicos, cuatro o cinco vechenas de ellos, que habían olfateado el campamento desde alguna aldea india. Se habían infiltrado mientras Buck y Spitz peleaban, y cuando los dos hombres se abalanzaron entre ellos con recios garrotazos, mostraron los dientes y riñeron. Estaban enloquecidos por el olor de la comida. Perrault encontró a uno con la cabeza enterrada en la caja de provisiones. Su garrote cayó con fuerza sobre las costillas famélicas, y la caja de provisiones quedó volcada en el suelo. Al instante, una veintena de las hambrientas bestias se abalanzaban a empujones por el pan y el tocino. Los garrotes cayeron sobre ellos sin ser atendidos. Chillaban y aullaban bajo la lluvia de golpes, pero luchaban con no menos locura hasta que la última migaja hubo sido devorada.
Mientras tanto, los atónitos perros de trineo habían salido de sus lechos solo para ser atacados por los feroces invasores. Jamás había visto Buck perros semejantes. Parecía como si sus huesos fueran a romperles la piel. Eran meras osamentas, cubiertas holgadamente por pellejos desgreñados, con ojos llameantes y colmillos babeantes. Pero la locura del hambre los hacía aterradores, irresistibles. No había forma de oponerse a ellos. Los perros de trineo fueron arrollados contra el acantilado en el primer embate. Buck fue acosado por tres huskies, y en un abrir y cerrar de ojos le desgarraron y tajearon la cabeza y los hombros. El estrépito era espantoso. * Billee lloraba como de