Dave era justo y muy sabio. Nunca mordisqueaba a Buck sin motivo, y nunca dejaba de mordisquearlo cuando lo necesitaba. Como el látigo de François lo respaldaba, a Buck le resultaba más rentable enmendar su conducta que tomar represalias. Una vez, durante una breve parada, cuando se enredó en las correas y retrasó la salida, tanto Dave como Sol-leks se le fueron encima y le propinaron una buena paliza. El enredo resultante fue aún peor, pero Buck se cuidó muy bien de mantener las correas despejadas de ahí en adelante; y antes de que terminara el día, tan bien había dominado su labor, que sus compañeros casi dejaron de molestarlo. El látigo de François chasqueaba con menos frecuencia, y Perrault incluso honró a Buck al levantarle las patas y examinarlas con cuidado.
Fue una dura jornada de marcha, cañón arriba, a través de Sheep Camp, pasando por The Scales y el límite de la vegetación arbórea, cruzando glaciares y ventisqueros de cientos de pies de profundidad, y sobre el gran Chilcoot Divide, que se interpone entre el agua salada y la dulce y vigila con aire amenazante el Norte triste y solitario.
Hicieron un buen tiempo por la cadena de lagos que llena los cráteres de volcanes extintos, y tarde aquella noche llegaron al enorme campamento en el extremo norte del lago Bennett, donde miles de buscadores de oro construían botes para cuando se rompiera el hielo en primavera.
Buck hizo su hoyo en la nieve y durmió el sueño de los justos exhaustos, pero muy temprano lo sacaron de su letargo en la oscuridad fría y lo aparejaron con sus compañeros al trineo.
Aquel día hicieron cuarenta millas, pues la pista estaba firme; pero al día siguiente, y durante muchos días más, tuvieron que abrir su propia huella, trabajaron más duro y avanzaron más lentamente.