astucia, cuando François no estaba presente. Con el motín encubierto de Buck, surgió y aumentó una insubordinación general. Dave y Sol-leks no se vieron afectados, pero el resto del equipo fue de mal en peor. Las cosas ya no marchaban bien. Había constantes disputas y riñas. Siempre había problemas en puerta, y en el fondo de todo estaba Buck. Mantenía a François ocupado, pues el arriero vivía con el temor constante de que se desatara entre ambos el combate a muerte que sabía que tarde o temprano tendría lugar; y en más de una noche los sonidos de peleas y discordias entre los otros perros lo hicieron salir de su saco de dormir, temeroso de que Buck y Spitz se estuvieran atacaando.
Pero la oportunidad no se presentó, y llegaron a Dawson una lúgubre tarde con la gran pelea aún por delante.
Aquí había muchos hombres, y perros incontables, y Buck los encontró a todos trabajando. Parecía el orden preestablecido de las cosas que los perros trabajaran. Todo el día corrían arriba y abajo por la calle principal en largas recuas, y por la noche sus cascabeles tintineantes seguían pasando.
Acarreaban troncos para cabañas y leña, transportaban carga hacia las minas, y hacían toda clase de trabajo que los caballos hacían en el valle de Santa Clara. Aquí y allá Buck se encontraba con perros sureños, pero en su mayoría eran de la raza de los huskies, lobos salvajes.
Todas las noches, puntualmente, a las nueve, a las doce, a las tres, entonaban un canto nocturno, un conjuro extraño y espeluznante, al cual era el deleite de Buck unirse.
Con la aurora boreal llameando fríamente en lo alto, o las estrellas saltando en la danza de la escarcha, y la tierra entumecida y congelada