Este éxtasis, este olvido de vivir, le llega al artista, arrebatado y fuera de sí en una lengua de fuego; le llega al soldado, enloquecido por la guerra en un campo de batalla y negándose a dar cuartel; y le llegó a Buck, liderando a la jauría, entonando el viejo grito de lobo, corriendo tras la presa que estaba viva y que huía velozmente ante él a través de la luz de la luna. Estaba sondearon las profundidades de su naturaleza, y de las partes de su naturaleza que eran más profundas que él, retrocediendo hacia el vientre del Tiempo. Estaba dominado por el puro e impetuoso oleaje de la vida, la marea creciente del ser, la alegría perfecta de cada músculo, articulación y tendón por el hecho de ser todo aquello que no era muerte, de estar ardiente y desenfrenado, expresándose en el movimiento, volando exultante bajo las estrellas y sobre la superficie de la materia muerta que no se movía.
Pero Spitz, frío y calculador aun en sus momentos de máxima excitación, abandonó la jauría y cortó a través de un estrecho itsmo de tierra donde el arroyo daba una amplia curva.
Buck no sabía esto, y al doblar la curva, con el fantasma helado de una liebre revoloteando todavía ante él, vio a otro fantasma helado, más grande, saltar desde la orilla colgante directamente al camino de la liebre. Era Spitz.
La liebre no pudo girar, y mientras los blancos dientes le rompían la espalda en el aire, gritó tan fuerte como puede gritar un hombre moribundo. Al oír aquello, el grito de la Vida despeñándose desde la cúspide de la Vida en las garras de la Muerte, toda la jauría pisándole los talones a Buck prorrumpió en un coro infernal de júbilo.
Buck no gritó. No se detuvo, sino que se abalanzó sobre Spitz, hombro con hombro, con tanta fuerza que erró la garganta.