Rodaron una y otra vez en la nieve pulverulenta. Spitz se puso en pie casi como si no lo hubieran derribado, desgarrando a Buck por el hombro y saltando hacia atrás. Dos veces sus dientes chasquearon juntos, como las mandíbulas de acero de una trampa, mientras retrocedía en busca de un mejor apoyo, con los belfos delgados y levantados que se retorcían y gruñían.
En un instante Buck lo supo. Había llegado el momento. Era a muerte. Mientras se rodeaban, gruñendo, con las orejas hacia atrás, muy atentos en busca de ventaja, la escena le llegó a Buck con una sensación de familiaridad. Le pareció recordarlo todo: los bosques blancos, la tierra, la luz de la luna y la emoción del combate. Sobre la blancura y el silencio se cernía una calma fantasmal. No soplaba ni el más leve murmullo de aire; nada se movía, ni una hoja temblaba, y el vaho visible de los perros ascendía