Una y otra vez, al presenciar cada actuación brutal, la lección se le grababa a fuego a Buck: un hombre con garrote era un legislador, un amo al que había que obedecer, aunque no necesariamente congraciarse con él. De esto último Buck jamás fue culpable, aunque sí vio perros apaleados que le hacían fiestas al hombre, le movían la cola y le lamían la mano. Vio también a un perro, que no quiso ni congraciarse ni obedecer, al que finalmente mataron en la lucha por el dominio.
De vez en cuando venían hombres, extraños que hablaban con entusiasmo, con halagos y de todas las maneras posibles al hombre del suéter rojo. Y en tales ocasiones, en que el dinero pasaba de unas manos a otras, los extraños se llevaban uno o más perros con ellos.
Buck se preguntaba a dónde iban, pues nunca volvían; pero el miedo al porvenir pesaba mucho sobre él, y cada vez se alegraba de no ser el elegido.
Sin embargo, a fin de cuentas, le llegó su hora en la forma de un hombrecillo reseco que mascullaba un inglés destrozado y muchas exclamaciones extrañas y groseras que Buck no lograba comprender.
—¡Sacredam! —gritó al posar los ojos en Buck—. ¡Ese sí que es un perro de pelea del carajo! ¿Eh? ¿Cuánto cuesta?
—Trescientos, y con un regalo además —fue la rápida respuesta del hombre del suéter rojo—. Y como es dinero del gobierno, no tienes de qué quejarte, ¿verdad, Perrault?
Perrault sonrió. Teniendo en cuenta que el precio de los perros se había disparado por las nubes debido a la insólita demanda, no era una suma injusta para un animal tan magnífico. El Gobierno canadiense no saldría perdiendo, ni sus despachos viajarían más lentos por ello. Perrault conocía a los perros, y al mirar a Buck supo que era uno entre mil: «Uno en diez t'ousand», comentó para sus adentros.