les había dado una ventaja injusta; pero ahora que se la habían quitado, les iba a enseñar. Jamás volverían a ponerle otra soga alrededor del cuello. Estaba decidido a ello. Durante dos días y dos noches no comió ni bebió, y en el transcurso de esos dos días y noches de tormento, acumuló una reserva de ira que auguraba muy malos presagios para quien fuera el primero en vérselas con él. Se le inyectaron los ojos en sangre y se metamorfoseó en un demonio furioso. Tan cambiado estaba que el propio Juez no lo habría reconocido; y los mensajeros del expreso respiraron aliviados cuando lo bajaron a empujones del tren en Seattle.
Cuatro hombres transportaron con cuidado la caja desde el carro hasta un pequeño patio trasero de muros altos. Un hombre fornido, con un suéter rojo que colgaba holgadamente del cuello, salió y firmó el libro para el conductor. Ese era el hombre, adivinó Buck, el próximo atormentador, y se abalanzó salvajemente contra los barrotes. El hombre sonrió con dureza y trajo una hacha y un garrote.