El sonido de la llamada
Cuando Buck ganó mil seiscientos dólares en cinco minutos para John Thornton, hizo posible que su amo pagara ciertas deudas y viajara con sus socios hacia el Este en busca de una legendaria mina perdida, cuya historia era tan antigua como la historia del país.
Muchos hombres la habían buscado; pocos la habían encontrado; y más de unos cuantos eran los que nunca habían regresado de la empresa.
Esta mina perdida estaba empapada de tragedia y envuelta en misterio.
Nadie sabía del primer hombre. La tradición más antigua se detenía antes de llegar a él. Desde el principio había existido una cabaña antigua y destartalada. Hombres moribundos habían jurado sobre ella y sobre la mina cuyo emplazamiento señalaba, corroborando su testimonio con pepitas que no se parecía a ninguna ley de oro conocida en el Norte.
Pero ningún hombre vivo había saqueado este tesoro, y los muertos, muertos estaban; por lo cual John Thornton, Pete y Hans, con Buck y media docena de perros más, se adentraron hacia el Este por un sendero desconocido para lograr lo que hombres y perros tan buenos como ellos no habían conseguido.
Avanzaron setenta millas en trineo remontando el Yukón, giraron a la izquierda hacia el río Stewart, pasaron el Mayo y el McQuestion, y continuaron hasta que el propio Stewart se convirtió en un arroyo que serpenteaba entre las cumbres erguidas que marcaban la espina dorsal del continente.