lentamente y persistía en el aire helado. Habían despachado rápidamente a la liebre de raqueta, aquellos perros que eran lobos mal domesticados; y ahora formaban un círculo expectante. Ellos también guardaban silencio, con solo los ojos brillando y el aliento flotando lentamente hacia arriba. Para Buck no era nada nuevo ni extraña aquella escena de antaño. Era como si siempre hubiera sido así, el modo habitual de ser de las cosas.
Spitz era un luchador experto. Desde Spitzbergen a través del Ártico, y a lo largo de Canadá y las tierras baldías, se había defendido de toda clase de perros y había alcanzado la maestría sobre ellos.
Suyo era un furor amargo, pero nunca furor ciego. En su pasión por desgarrar y destruir, nunca olvidaba que su enemigo abrigaba una pasión semejante por desgarrar y destruir. Jamás se precipitaba a menos que estuviera preparado para recibir una acometida; jamás atacaba sin haber repelido antes ese ataque.