Para sorpresa de Buck, estos perros no le manifestaron ningún celo. Parecían compartir la bondad y la generosidad de John Thornton.
A medida que Buck se iba fortaleciendo, lo atrajeron a toda clase de juegos ridículos, en los que el propio Thornton no pudo dejar de participar; y de este modo Buck correteó a lo largo de su convalecencia y hacia una nueva existencia.
El amor, el amor genuino y apasionado, era suyo por primera vez. Jamás había experimentado esto en la casa del juez Miller, allá en el valle de Santa Clara bañado por el sol.
- Con los hijos del juez, de caza y excursión, había sido una sociedad de trabajo;
- con los nietos del juez, una especie de tutela pomposa;
- y con el juez mismo, una amistad majestuosa y digna.
Pero el amor febril y devorador, que era adoración, que era locura, fue John Thornton quien logró despertarlo.
Este hombre le había salvado la vida, lo cual no era poca cosa; pero, además, era el amo ideal. Otros hombres velaban por el bienestar de sus perros por un sentido del deber y conveniencia comercial; él velaba por el de los suyos como si fueran sus propios hijos, porque no podía evitarlo. Y miraba más allá. Jamás olvidaba un saludo afectuoso o una palabra de aliento, y sentarse a charlar largo y tendido con ellos («cháchara» lo llamaba) era tanto un deleite para él como para ellos. Tenía la costumbre de tomar la cabeza de Buck rudamente entre sus manos, y apoyar su propia cabeza sobre la de Buck, de sacudirlo de un lado a otro, mientras lo insultaba con improperios que para Buck eran nombres de cariño. Buck no conocía mayor alegría que ese abrazo brusco y el sonido de juramentos susurrados, y en cada sacudida de un lado a otro parecía que