“ —Responde al nombre de Buck— ”, soliloquizó el hombre, citando la carta del tabernero que había anunciado la expedición de la jaula y su contenido.
—Bien, Buck, muchacho—, continuó con voz afable—, hemos tenido nuestra pequeña disputa, y lo mejor que podemos hacer es dejarlo así. Tú has aprendido cuál es tu sitio, y yo conozco el mío. Sé un buen perro y todo irá sobre ruedas. Sé un mal perro, y te sacudiré hasta el Hedge. ¿Entendido?
Mientras hablaba, le dio unas palmadas con intenciones amistosas en la cabeza que había machacado tan sin piedad, y aunque el pelo de Buck se erizó involuntariamente al contacto de la mano, lo soportó sin protestar.
Cuando el hombre le llevó agua, bebió con avidez, y más tarde devoró una generosa comida de carne cruda, trozo a trozo, de la mano del hombre.
Había sido vencido (eso lo sabía); pero no estaba quebrantado. Comprendió, de una vez por todas, que no tenía ninguna posibilidad contra un hombre con garrote. Había aprendido la lección, y en toda su vida posterior nunca la olvidó. Aquel garrote fue una revelación. Supuso su introducción al reinado de la ley primitiva, y él salió a mitad de camino al encuentro de tal introducción. Los hechos de la vida adquirieron un aspecto más feroz; y aunque afrontó ese aspecto sin intimidarse, lo hizo con toda la astucia latente de su naturaleza despierta. Con el paso de los días, llegaron otros perros, en jaulas y al extremo de cuerdas, algunos dócilmente, y otros furiosos y rugiendo tal como él había llegado; y a todos y cada uno los vio pasar bajo el dominio del hombre del suéter rojo.