El otro perro no hizo ningún avance, ni recibió ninguno; tampoco intentó robar a los recién llegados. Era un tipo sombrío y hosco, y le dejó claro a Curly que lo único que deseaba era que lo dejaran en paz, y además, que habría problemas si no lo dejaban en paz.
«Dave» se llamaba, y comía y dormía, o bostezaba entre medias, y no le interesaba nada, ni siquiera cuando el Narwhal cruzó el estrecho de Queen Charlotte y se tambaleó, cabeceó y corcoveó como un poseso.
Cuando Buck y Curly se alborotaron, medio locos de miedo, él levantó la cabeza como si estuviera molesto, les dedicó una mirada indiferente, bostezó y volvió a dormirse.
Día y noche el barco tiritaba al compás del incansable pulso de la hélice, y aunque un día era muy parecido a otro, para Buck era evidente que el clima enfriaba de manera constante.
Por fin, una mañana, la hélice calló y el Narwhal se impregnó de una atmósfera de entusiasmo. Él la sintió, al igual que los demás perros, y supo que se vecina un cambio.
François los encadenó y los llevó a cubierta. Al dar el primer paso sobre la fría superficie, las patas de Buck se hundieron en algo blanco y pastoso, muy parecido al lodo. Retrocedió de un salto con un bufido. Más de esa materia blanca caía por el aire. Se sacudió, pero más de ella cayó sobre él. La olió con curiosidad y luego lamió un poco con la lengua. Picaba como el fuego y al instante siguiente desapareció. Esto lo desconcertó. Lo intentó de nuevo, con el mismo resultado. Los mirones soltaron una carcajada estruendosa y él se sintió avergonzado, sin saber por qué, pues era su primera nevada.