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nydus/The Call of the WildPublic
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III. La Bestia Primordial Dominante

A la desembocadura de la Tahkeena, una noche después de cenar, Dub levantó una liebre ártica, calculó mal y falló.

En un segundo toda la jauría se lanzó a ladrar a coro. A cien yardas de allí había un campamento de la Policía del Noroeste, con cincuenta perros, todos huskies, que se sumaron a la persecución. La liebre corrió río abajo, se desvió hacia un pequeño arroyo, por cuyo cauce helado prosiguió su huida de manera constante.

Corría ligera sobre la superficie de la nieve, mientras los perros avanzaban a trompicones empleando toda su fuerza. Buck encabezaba el grupo, de sesenta miembros, curva tras curva, pero no lograba acortar distancia. Se inclinaba al máximo para correr, gimiendo con impaciencia, con su magnífico cuerpo proyectándose hacia adelante, salto a salto, bajo la pálida y blanca luz de la luna. Y salto a salto, como un pálido fantasma de la escarcha, la liebre ártica huía velozmente más adelante.

Todo ese despertar de viejos instintos que en determinados períodos impulsa a los hombres a salir de las bulliciosas ciudades hacia los bosques y las llanuras para matar seres con perdigones de plomo propulsados químicamente, la sangre enardecida, el placer de matar; todo eso le pertenecía a Buck, solo que de un modo infinitamente más íntimo. Él iba a la cabeza de la jauría, persiguiendo a la bestia salvaje, a la carne viva, para matarla con sus propios dientes y lavarse el hocico hasta los ojos en sangre caliente.

Hay un éxtasis que marca la cumbre de la vida, y más allá del cual la vida no puede elevarse. Y tal es la paradoja de vivir, que este éxtasis llega cuando uno está más vivo, y llega como un olvido completo de que uno está vivo.

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