en cuando cunetas, por otra parte casi cada casa cuenta con una vivienda en el sótano, algo que rara vez se encuentra en el distrito del Irk, debido a la mayor antigüedad y a la construcción más descuidada de las casas.
En cuanto al resto, la suciedad, los escombros y los montones de inmundicia, y los charcos en las calles son comunes a ambos barrios, y en el distrito que ahora nos ocupa, otra característica de extrema nocividad para la limpieza de los habitantes es la multitud de cerdos que deambulan por todos los callejones, hozando en los montones de desperdicios o confinados en pequeñas porquerizas.
Aquí, como en la mayoría de los barrios obreros de Mánchester, los criadores de cerdos alquilan los patios y construyen en ellos pocilgas. En casi todos los patios se puede encontrar una o incluso varias de estas pocilgas, en las que los habitantes del recinto arrojan todos los desperdicios y despojos, con los que engordan los cerdos; y la atmósfera, cercada por los cuatro costados, queda totalmente corrompida por sustancias animales y vegetales en putrefacción.
A través de este barrio se ha abierto una calle amplia y visiblemente decente, la calle Millers, y el fondo se ha ocultado con bastante éxito. Pero si a alguien le entrara la curiosidad de atravesar uno de los numerosos pasajes que conducen a los patios, encontrará esta leonera repetida cada veinte pasos.
Tal es el viejo barrio de Mánchester, y al releer mi descripción, me veo obligado a admitir que, lejos de estar exagerada, dista mucho de ser lo suficientemente negra como para transmitir una impresión fiel de la suciedad, la ruina y la inhabitabilidad, del desafío a todas las consideraciones de limpieza, ventilación y salud que caracterizan la construcción de este único distrito, que alberga al menos de veinte a treinta