de basura y ceniza yacen por todas partes, y los líquidos fétidos vaciados ante las puertas se acumulan en charcos apestosos.
Aquí viven los más pobres entre los pobres, los trabajadores peor pagados, amontonados sin distinción con ladrones y víctimas de la prostitución, en su mayoría irlandeses o de ascendencia irlandesa, y aquellos que aún no se han hundido en el remolino de la ruina moral que los rodea, hundiéndose cada día más profundamente, perdiendo cada día más y más su capacidad de resistir la influencia desmoralizadora de la miseria, la suciedad y el mal entorno.
Tampoco es St. Giles el único suburbio de Londres. En el inmenso laberinto de calles, hay cientos y miles de callejones y plazoletas bordeados de casas demasiado malas para cualquiera que pueda gastar algo, por mínimo que sea, en una vivienda apta para seres humanos.
Cerca de las espléndidas mansiones de los ricos, suele encontrarse un escondite semejante de la más amarga pobreza. Así, hace poco tiempo, con motivo de una investigación forense, una zona cercana a Portman Square, una de las plazas más respetables, fue calificada como morada «de una multitud de irlandeses desmoralizados por la pobreza y la suciedad».
Así mismo pueden encontrarse en calles, como Long Acre y otras, que, aunque no de moda, son sin embargo «respetables», un gran número de viviendas en sótanos de los cuales salen a la luz del día niños debuchos y mujeres medio muertas de hambre y andrajosas.
En las inmediaciones del Teatro Drury Lane, el segundo de Londres, se encuentran algunas de las peores calles de toda la metrópoli, Charles, King y Park Streets, cuyas casas están habitadas desde el sótano hasta la buhardilla exclusivamente por familias pobres.
En las parroquias de St. John y St. Margaret vivían en 1840, según el Journal of the Statistical Society, 5.366