las había empeñado al tendero a cambio de alimentos. En resumen, todo se había ido en comida. El juez ordenó que se le entregara a la mujer una provisión considerable procedente de los fondos de beneficencia.
En febrero de 1844, Theresa Bishop, una viuda de 60 años, fue recomendada, junto con su hija enferma de 26 años, a la compasión del juez de instrucción de la policía en Marlborough Street. Vivía en el número 5 de Brown Street, Grosvenor Square, en una pequeña habitación trasera no más grande que un armario, en la que no había ni un solo mueble. En un rincón había unos harapos sobre los que ambas dormían; un baúl servía de mesa y de silla. La madre ganaba un poco haciendo trabajos de limpieza. El dueño de la casa dijo que habían vivido de esta manera desde mayo de 1843, que poco a poco habían vendido o empeñado todo lo que tenían, y que aun así nunca habían pagado el alquiler. El juez les asignó 1 libra esterlina de la caja de beneficencia.
Estoy muy lejos de afirmar que todos los trabajadores de Londres vivan en la indigencia de las tres familias anteriores. Sé muy bien que diez están un poco mejor, allí donde uno se encuentra tan totalmente pisoteado por la sociedad; pero afirmo que miles de personas industriosas y dignas —mucho más dignas y respetables que todos los ricos de Londres— se encuentran en una condición indigna de seres humanos; y que todo proletario, todos, sin excepción, están expuestos a una suerte semejante sin culpa alguna por su parte y a pesar de todos los esfuerzos posibles.
Pero a pesar de todo esto, los que tienen algún tipo de refugio son afortunados, afortunados en comparación con los totalmente desamparados. En Londres, cincuenta mil seres humanos se levantan cada