caracterizan como asesinato social; que ha colocado a los trabajadores en condiciones en las que no pueden ni conservar la salud ni vivir mucho tiempo; que socava la fuerza vital de estos trabajadores de manera gradual, poco a poco, y los precipita así a la tumba antes de tiempo.
Tengo más que demostrar que la sociedad sabe cuán perjudiciales son tales condiciones para la salud y la vida de los trabajadores, y aun así no hace nada para mejorar dichas condiciones. Que conoce las consecuencias de sus actos; que su acción no es, por tanto, un mero homicidio imprudente, sino asesinato, lo habré demostrado cuando cite documentos oficiales, informes del Parlamento y del Gobierno, para corroborar mi acusación.
Que una clase que vive bajo las condiciones ya esbozadas y está tan mal provista de los medios de subsistencia más necesarios, no puede estar sana y no puede alcanzar una edad avanzada, es algo evidente por sí mismo.
Repasemos las circunstancias una vez más con especial referencia a la salud de los trabajadores.
La centralización de la población en las grandes ciudades ejerce por sí misma una influencia desfavorable; la atmósfera de Londres nunca puede ser tan pura, tan rica en oxígeno, como el aire del campo; dos millones y medio de pares de pulmones, doscientos cincuenta mil fuegos, apiñados en un área de tres a cuatro millas cuadradas, consumen una cantidad enorme de oxígeno, que se reemplaza con dificultad, debido a que el método de construcción de las ciudades entorpece de por sí la ventilación. El gas ácido carbónico, engendrado por la respiración y el fuego, permanece en las calles debido a su gravedad específica, y la principal corriente de aire pasa por encima de los tejados de la ciudad. Los pulmones de los habitantes no logran recibir el suministro adecuado de