se perjudicarían más a sí mismos que a sus clientes si mantuviesen productos pobres o adulterados; los ricos están malcriados, además, por el hábito de comer bien, y detectan la adulteración con mayor facilidad gracias a sus paladares sensibles. Pero a los pobres, a los trabajadores, para quienes un par de farthings son importantes, que deben comprar muchas cosas con poco dinero, que no pueden permitirse investigar demasiado de cerca la calidad de sus compras, y que no pueden hacerlo en ningún caso porque no han tenido la oportunidad de cultivar su gusto, les toca en suerte la totalidad de las provisiones adulteradas y envenenadas.
Ellos tienen que vérselas con los pequeños detallistas, deben comprar tal vez a crédito, y estos pequeños comerciantes minoristas, que no pueden vender ni siquiera la misma calidad de mercancías tan barata como los grandes detallistas debido a su escaso capital y a los grandes gastos proporcionales de su negocio, deben comprar a sabiendas o sin saberlo productos adulterados para poder vender a los precios más bajos exigidos y hacer frente a la competencia de los demás.
Además, un gran comerciante minorista que tiene un amplio capital invertido en su negocio queda arruinado junto con su crédito arruinado si es descubierto en una práctica fraudulenta; pero ¿qué daño le hace a un pequeño tendero, que tiene clientes en una sola calle, si se demuestran fraudes en su contra?
Si nadie confía en él en Ancoats, se muda a Chorlton o Hulme, donde nadie lo conoce y donde continúa defraudando como antes; mientras que las sanciones legales se aplican a muy pocas adulteraciones a menos que impliquen fraudes fiscales.
No solo en la calidad, sino también en la cantidad de sus mercancías, es defraudado el obrero inglés. Los pequeños comerciantes suelen tener pesos y medidas falsos, y en los