Mediante la combinación de las peculiaridades de la jenny y la throstle, Samuel Crompton, de Firwood, Lancashire, ideó la mule en 1785, y como Arkwright inventó la cardadora y las máquinas preparatorias («de desbaste y mechonado» [«slubbing and roving»]) por la misma época, el sistema fabril se convirtió en el predominante para el hilado del algodón. Mediante modificaciones insignificantes, estas máquinas se adaptaron gradualmente al hilado del lino y, por consiguiente, a la suplantación del trabajo manual también en este ámbito.
Pero aun entonces, el fin no había llegado. En los últimos años del siglo pasado, el doctor Cartwright, un pastor rural, había inventado el telar mecánico y, hacia 1804, lo había perfeccionado tanto que podía competir con éxito con el tejedor a mano; y toda esta maquinaria cobró una importancia doble gracias a la máquina de vapor de James Watt, inventada en 1764 y utilizada para proporcionar fuerza motriz al hilado desde 1785 .
Con estos inventos, perfeccionados año tras año, se obtuvo la victoria del trabajo a máquina sobre el trabajo a mano en las principales ramas de la industria inglesa; y la historia de este último, desde entonces en adelante, relata simplemente cómo los artesanos han sido desplazados por la maquinaria de una posición tras otra. Las consecuencias de esto fueron, por un lado, una rápida caída en el precio de todos los productos manufacturados, la prosperidad del comercio y de la manufactura, la conquista de casi todos los mercados extranjeros desprotegidos, la repentina multiplicación del capital y de la riqueza nacional; por otro lado, una multiplicación aún más rápida del proletariado, la destrucción de toda propiedad y de toda seguridad de empleo para la clase trabajadora, la desmoralización, la agitación política y todos aquellos hechos tan altamente repugnantes para los ingleses en circunstancias acomodadas, que tendremos que considerar en las páginas siguientes.