estiércol, empujando carretillas, arreando burros, vendiendo de puerta en puerta o realizando pequeños trabajos ocasionales. En cada gran ciudad puede encontrarse a una multitud de tales personas. Es asombroso a qué recursos recurre esta «población excedente».
Los barrenderos de los cruces de Londres son conocidos en todo el mundo; pero hasta ahora las calles principales de todas las grandes ciudades, así como los cruces, han sido barridas por personas sin otro trabajo, empleadas para tal fin por los tutores de la Ley de Pobres o por las autoridades municipales.
Ahora, sin embargo, se ha inventado una máquina que recorre las calles a diario y ha arruinado esta fuente de ingresos para los desempleados.
A lo largo de las grandes carreteras que conducen a las ciudades, en las que hay un intenso tráfico de carros, se puede ver a un gran número de personas con pequeños carros, recogiendo estiércol de caballo fresco a riesgo de sus vidas entre los carruajes y ómnibus que pasan, pagando a menudo un par de chelines a la semana a las autoridades por el privilegio.
Pero esta ocupación está prohibida en muchos lugares, porque los deshechos callejeros ordinarios, empobrecidos de este modo, no pueden venderse como abono.
Dichosos aquellos de los «excedentes» que pueden conseguir un carrito de mano y andar con él. Más dichosos aún aquellos a quienes les es concedido poseer un burro además del carro. El burro debe buscarse su propia comida o se le da un poco de basura recolectada, y aun así puede aportar una nadería de dinero. La mayor parte de los «excedentes» se dedican al buhonero. Los sábados por la tarde, especialmente, cuando toda la población trabajadora está en