encontrado un jurado que poseyera el valor de decir la pura verdad al respecto. Por muy claros e inequívocos que sean los testimonios de los testigos, la burguesía, de entre la cual se elige al jurado, siempre encuentra alguna puerta trasera por la cual escapar del veredicto espantoso: muerte por inanición. La burguesía no se atreve a decir la verdad en estos casos, pues se pronunciaría su propia condena.
Pero indirectamente, mucho más que directamente, muchos han muerto de inanición, cuando la falta prolongada de una nutrición adecuada ha provocado enfermedades fatales, al producir una debilidad tal que causas que de otro modo habrían permanecido inoperantes, desencadenaron enfermedades graves y la muerte.
Los obreros ingleses llaman a esto «asesinato social» y acusan a toda nuestra sociedad de perpetrar este crimen perpetuamente. ¿Se equivocan?
Es verdad que solo son los individuos los que mueren de hambre, mas ¿qué seguridad tiene el obrero de que no le tocará el turno mañana? ¿Quién le asegura el empleo, quién le responde de que, si por tal o cual razón o sin razón alguna su señor y amo lo despide mañana, podrá salir adelante con los que de él dependen, hasta que halle a otro que «le dé pan»? ¿Quién garantiza que la buena voluntad para trabajar baste para obtener trabajo, que la honradez, la laboriosidad, la economía y el resto de las virtudes recomendadas por la burguesía sean verdaderamente su camino hacia la felicidad? Nadie. Sabe que hoy tiene algo y que no depende de él mismo el tener algo mañana. Sabe que cada soplo de viento, cada capricho de su patrón, cada mal giro del comercio pueden arrojarlo de nuevo al feroz torbellino del cual se ha salvado temporalmente, y en el cual es difícil y a menudo imposible mantener la cabeza fuera del agua. Sabe que,