sofocadas para que unas pocas pudieran desarrollarse con mayor plenitud y multiplicarse mediante la unión con las de los demás.
El tumulto mismo de las calles tiene algo repulsivo, algo contra lo que la naturaleza humana se rebela. Los cientos de miles de personas de todas las clases y rangos que se cruzan atropelladamente, ¿no son acaso todos seres humanos con las mismas cualidades y facultades, y con el mismo interés en ser felices? ¿Y no tienen, al fin y al cabo, que buscar la felicidad del mismo modo, por los mismos medios? Y, sin embargo, pasan unos junto a otros como si no tuviesen nada en común, nada que ver los unos con los otros, y su único acuerdo es el tácito de que cada cual se mantenga en su propio lado de la acera para no retrasar las corrientes opuestas de la multitud, mientras a nadie se le ocurre honrar