a otro ni con una sola mirada.
La brutal indiferencia, el aislamiento insensible de cada uno en su interés privado se vuelve tanto más repugnante y ofensiva cuanto más se apiñan estos individuos en un espacio limitado.
Y, por mucho que uno sea consciente de que este aislamiento del individuo, este estrecho egoísmo es en todas partes el principio fundamental de nuestra sociedad, en ninguna parte resulta tan descaradamente impúdico, tan consciente de sí mismo como precisamente aquí, en el hacinamiento de la gran ciudad.
La disolución de la humanidad en mónadas, cada una de las cuales tiene un principio separado, el mundo de los átomos, se lleva aquí hasta su extremo más absoluto.
De aquí resulta también que la guerra social, la guerra de cada uno contra todos, se declara aquí abiertamente. Del mismo modo que en el reciente libro de Stirner, las personas se consideran mutuamente solo como objetos útiles;