Nuevamente, las repetidas visitas del cólera, el tifus, la viruela y otras epidemias han demostrado al burgués británico la urgente necesidad de sanear sus pueblos y ciudades, si desea salvarse a sí mismo y a su familia de caer víctimas de tales enfermedades. En consecuencia, los abusos más clamorosos descritos en este libro han desaparecido o se han hecho menos conspicuos. Se ha introducido o mejorado el drenaje, se han abierto amplias avenidas a lo ancho de muchos de los peores «barrios bajos» que tuve que describir. «Little Ireland» ha desaparecido, y los «Seven Dials» son los siguientes en la lista para ser arrasados. Pero ¿y qué? Distritos enteros que en 1844 podía describir como casi idílicos, han caído ahora, con el crecimiento de las ciudades, en el mismo estado de ruina, incomodidad y miseria. Solo los cerdos y los montones de basura ya no se toleran. La burguesía ha hecho nuevos progresos en el arte de ocultar la miseria de la clase trabajadora. Pero que, en lo que respecta a sus viviendas, no se ha producido ninguna mejora sustancial, queda sobradamente demostrado por el Informe de la Comisión Real «sobre la vivienda de los pobres» de 1885. Y este es el caso también en otros aspectos. Las ordenanzas policiales han abundado como las moras en la zarza; pero estas solo pueden acotar la miseria de los trabajadores, no pueden eliminarla.
Pero mientras que Inglaterra ha dejado así atrás el estado juvenil de explotación capitalista descrito por mí, otros países acaban de alcanzarlo.
Francia, Alemania y, sobre todo, América, son los formidables competidores que, en este momento —tal como lo preví en 1844—, están socavando cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra.
Sus manufacturas son jóvenes en comparación con las de Inglaterra, pero crecen a un ritmo mucho más rápido que la de esta; y, cosa curiosa, han llegado en este momento aproximadamente a la misma fase de desarrollo en que se encontraba la manufactura inglesa en 1844.