cada cual explota al prójimo, y el resultado de todo ello es que el más fuerte pisotea al más débil, y que los pocos poderosos, los capitalistas, se lo apoderan todo para sí, mientras que a la débil multitud, a los pobres, apenas les queda una existencia precaria.
Lo que es verdad de Londres, lo es de Manchester, Birmingham, Leeds, lo es de todas las grandes ciudades.
Por todas partes una indiferencia bárbara, un duro egoísmo por un lado, y una miseria sin nombre por el otro; por todas partes guerra social, la casa de cada cual en estado de sitio, por todas partes pillaje recíproculo bajo la protección de la ley, y todo tan descarado, tan abiertamente confesado que uno retrocede ante las consecuencias de nuestro estado social tal como aquí se manifiestan sin disfraz, y solo puede maravillarse de que todo este edificio enloquecido siga todavía en pie.
Como el capital, el control directo o indirecto de los medios de subsistencia y de producción, es el arma con la que se libra esta guerra social, resulta evidente que todas las desventajas de semejante estado deben recaer sobre el pobre.
Por él nadie se preocupa lo más mínimo. Arrojado al torbellino, debe salir adelante como buenamente pueda.
- Si tiene la dicha de encontrar trabajo, es decir, si la burguesía le hace el favor de enriquecerse por medio de él, le aguarda un salario que apenas basta para mantener el alma en el cuerpo;
- si no consigue trabajo puede robar, si no le teme a la policía, o morirse de hambre, en cuyo caso la policía se encargará de que lo haga de una manera silenciosa e inofensiva.
Durante mi residencia en Inglaterra, al menos veinte o treinta personas han muerto de simple inanición en las circunstancias más repugnantes, y raras veces se ha