menesteres domésticos; su familia no necesita más de una habitación en Inglaterra. De modo que la costumbre de amontonar a muchas personas en una sola habitación, hoy tan generalizada, ha sido introducida principalmente por la inmigración irlandesa.
Y puesto que el pobre diablo debe tener un deleite, y la sociedad lo ha excluído de todos los demás, se entrega a la bebida de licores.
La bebida es lo único que hace que la vida del irlandés valga la pena, la bebida y su carácter alegre y despreocupado; por lo que se deleita en la bebida hasta el punto de la más bestial embriaguez.
El carácter meridional y fácil del irlandés, su rudeza, que lo sitúa apenas por encima del salvaje, su desprecio por todos los disfrutes humanos —en los cuales su misma rudeza lo incapacita para participar—, su suciedad y su pobreza, todo favorece la embriaguez.
La tentación es grande, no puede resistirla, y así, cuando tiene dinero, se lo deshace por la garganta. ¿Qué otra cosa debería hacer? ¿Cómo puede la sociedad culparlo cuando lo coloca en una posición en la que casi por necesidad se convierte en un borracho; cuando lo abandona a su suerte, a su salvajismo?
Con semejante competidor, el obrero inglés tiene que luchar con un contrincante situado en el nivel más bajo posible dentro de un país civilizado, el cual, precisamente por esta razón, exige un salario menor que cualquier otro.
Por lo tanto, no queda más remedio que, como dice Carlyle, los salarios de los obreros ingleses sigan bajando cada vez más en todas las ramas en las que los irlandeses compiten con ellos. Y estas ramas son numerosas.
Todos aquellos que exigen poca o ninguna destreza están abiertos a los irlandeses.