desahuciados al final del año, pero capaces, mediante un mejor cultivo y una explotación más amplia, de aumentar el rendimiento de la tierra. Podían vender sus productos de manera más barata que los pequeños propietarios libres, a quienes no les quedaba más remedio, cuando su granja dejaba de sustentarles, que venderla, adquirir una hiladora o un telar, o tomar servicio como jornaleros agrícolas al servicio de un gran agricultor.
Su lentitud heredada y los ineficientes métodos de cultivo legados por sus antepasados, y por encima de los cuales no lograba elevarse, no le dejaron otra alternativa al verse obligado a competir con hombres que administraban sus propiedades según principios más sólidos y con todas las ventajas que brindaban la agricultura a gran escala y la inversión de capital para el mejoramiento del suelo.
Mientras tanto, el movimiento industrial no se detuvo ahí. Capitalistas individuales comenzaron a instalar spinning jennies en grandes edificios y a utilizar la energía hidráulica para accionarlas, colocándose así en condiciones de disminuir el número de trabajadores y vender su hilo de manera más barata de lo que podían hacerlo los hiladores individuales que movían sus propias máquinas a mano.
Se sucedieron mejoras constantes en la jenny, de modo que las máquinas quedaban continuamente obsoletas y debían ser modificadas o incluso abandonadas; y si bien los capitalistas podían resistir mediante la aplicación de la energía hidráulica aun con la maquinaria vieja, para el hilador individual esto era imposible.
Y el sistema fabril, cuyo inicio se gestó de este modo, recibió una nueva expansión en 1767, mediante la hiladora continua inventada por Richard Arkwright, un barbero de Preston, en el norte de Lancashire. Después de la máquina de vapor, esta es la invención mecánica más importante del siglo XVIII. Fue concebida desde el principio para la fuerza motriz mecánica y se basaba en principios totalmente nuevos.