años. Tengo que tratar aquí con el estado de las casas y de sus habitantes, y debe admitirse que no se ha descubierto todavía ningún método más perjudicial y desmoralizador para alojar a los trabajadores que precisamente este. El obrero se ve obligado a ocupar tales viviendas ruinosas porque no puede pagar por otras, y porque no hay otras en las cercanías de su fábrica; quizás también, porque pertenecen al empleador, que lo contrata solo con la condición de que tome una de esas casitas.
El cálculo relativo a la duración de cuarenta años de la casita no es, desde luego, siempre del todo estricto; pues, si las viviendas se encuentran en una parte densamente edificada de la ciudad, y hay buenas perspectivas de encontrarles ocupantes fijos, al tiempo que la renta del suelo es alta, los contratistas hacen algo para mantener las casitas habitables tras el vencimiento de los cuarenta años.
Sin embargo, nunca hacen nada más que lo estrictamente inevitable, y las viviendas así reparadas son las peores de todas.
De vez en cuando, cuando una epidemia amenaza, la por lo demás adormecida conciencia de la policía sanitaria se agita un poco, se hacen redadas en los distritos obreros, se clausuran hileras enteras de sótanos y casitas, como ocurrió en el caso de varios callejones cercanos a Oldham Road; pero esto no dura mucho: las casitas condenadas pronto vuelven a encontrar ocupantes, los propietarios se hallan mucho mejor alquilándolas, y la policía sanitaria no volverá tan pronto.
Estos lados este y nordeste de Mánchester son los únicos en los que la burguesía no ha construido, porque diez o u once meses al año el viento del oeste y del sudoeste arrastra el humo de todas las fábricas hacia aquí, para que solo la clase trabajadora lo respire.
Hacia el sur de Great