alguno. En algunas hileras de casas los sótanos rara vez están secos; en ciertos distritos hay varias calles cubiertas de barro blando de un pie de profundidad. Los habitantes han hecho vanos intentos de vez en cuando para reparar estas calles con paladas de ceniza, pero a pesar de todos estos intentos, los montones de estiércol y los charcos de agua sucia vaciada desde las casas llenan todos los agujeros hasta que el viento y el sol los secan. Una casa de campo ordinaria en Leeds ocupa no más de cinco yardas cuadradas de terreno, y por lo general consta de un sótano, una sala de estar y un dormitorio. Estas viviendas reducidas, llenas día y noche de seres humanos, son otro punto peligroso tanto para la moral como para la salud de los habitantes.
Y de cuán amontonadas están estas viviendas da testimonio el Report on the Health of the Working-Classes [Informe sobre la salud de las clases trabajadoras], citado más arriba:
«En Leeds encontramos a hermanos y hermanas, y a inquilinos de ambos sexos, compartiendo el dormitorio de los padres, de lo cual se derivan consecuencias ante cuya contemplación el sentimiento humano se estremece».
Así también Bradford, que, a solo siete millas de Leeds en la confluencia de varios valles, se asienta a orillas de un arroyo pequeño, negro como el carbón y de mal olor.
Los días laborables la ciudad está envuelta en una gris nube de humo de carbón, pero un buen domingo ofrece un cuadro magnífico, si se contempla desde las alturas circundantes. Sin embargo, en su interior reina la misma inmundicia y el mismo malestar que en Leeds.
Las partes más antiguas de la ciudad están construidas sobre laderas empinadas, y son estrechas e irregulares. En los callejones, callejuelas y patios yacen montones de suciedad y escombros; las