mil habitantes. Y un distrito así existe en el corazón de la segunda ciudad de Inglaterra, la primera ciudad manufacturera del mundo. Si alguien desea ver en qué poco espacio puede moverse un ser humano, qué poco aire —¡y qué aire!— puede respirar, cuán poco de civilización puede compartir y aun así vivir, no tiene más que viajar hasta aquí.
Es verdad que este es el Casiejo Antiguo, y los habitantes de Manchester recalcan el hecho cada vez que alguien les menciona el estado espantoso de este Infierno sobre la Tierra; pero ¿qué prueba eso? Todo lo que aquí despierta horror e indignación es de origen reciente, pertenece a la época industrial. El par de centenares de casas que pertenecen al viejo Manchester fueron abandonadas hace tiempo por sus habitantes originales; solo la época industrial ha apiñado en ellas a las colmenas de trabajadores que hoy albergan; solo la época industrial ha edificado cada rincón entre estas casas viejas para conseguir un cobijo para las masas que ha convocado aquí desde las zonas agrícolas y desde Irlanda; solo la época industrial permite a los propietarios de estas cuadras alquilarlas por altos precios a seres humanos, saquear la pobreza de los trabajadores y socavar la salud de miles de personas, para que ellos solos, los propietarios, puedan enriquecerse.
Solo en la época industrial ha llegado a ser posible que el obrero, apenas emancipado de la servidumbre feudal, pudiera ser utilizado como mero material, como simple mercancía; que tenga que dejarse apiñar en una vivienda demasiado mala para cualquier otro, por la cual compra con sus salarios ganados con esfuerzo el derecho a dejarla arruinar por completo. Esto lo ha logrado la manufactura, que sin estos obreros, sin esta miseria, sin esta esclavitud no habría podido subsistir. Es verdad que la construcción original de este