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nydus/The Condition of the Working Class in EnglandPublic
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Las Grandes Ciudades

mañana sin saber dónde van a apoyar la cabeza por la noche. Los más afortunados de esta multitud, aquellos que logran conservar uno o dos peniques hasta el atardecer, entran en una casa de huéspedes, como las que abundan en todas las grandes ciudades, donde encuentran una cama. Pero ¡qué cama! Estas casas están llenas de camas desde el sótano hasta el desván, cuatro, cinco, seis camas en una habitación; tantas como se puedan meter a presión. En cada cama se amontonan cuatro, cinco o seis seres humanos, tantos como quepan, enfermos y sanos, jóvenes y viejos, borrachos y sobrios, hombres y mujeres, tal como llegan, sin distinción. Luego vienen las riñas, los golpes, las heridas, o, si estos compañeros de cama se ponen de acuerdo, tanto peor; se organizan robos y se cometen actos que nuestro lenguaje, vuelto más cauto que nuestros actos, se niega a registrar. ¿Y aquellos que no pueden pagar por un refugio así? Duermen donde encuentran un sitio, en pasajes, soportales, en rincones donde la policía y los propietarios los dejan tranquilos. Unos pocos individuos logran llegar a los albergues que son administrados, aquí y allá, por la caridad privada, otros duermen en los bancos de los parques, justo bajo las ventanas de la reina Victoria. Oigamos al London Times:

“Parece desprenderse de la relación de los procedimientos en el Tribunal de Policía de Marlborough Street publicada en nuestras páginas de ayer, que hay un promedio de 50 seres humanos de todas las edades que se apiñan en los parques todas las noches, sin más refugio que el que proporcionan los árboles y unas pocas hondonadas del terraplén. De estos, la mayoría son jóvenes que han sido seducidas en el campo por los soldados y arrojadas al mundo en toda la indigencia de la penuria sin amigos

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