Había, además, un aumento constante en la demanda del mercado interno, que iba al mismo paso que el lento crecimiento de la población y daba empleo a todos los trabajadores; y existía también la imposibilidad de una dura competencia de los trabajadores entre sí, debido a la dispersión rural de sus hogares. Así era como el tejedor solía estar en condiciones de ahorrar algo y alquilar un pequeño terreno que cultivaba en sus horas libres —de las cuales tenía tantas como quisiera tomar, ya que podía tejer cuando y durante el tiempo que le placiera—. Es verdad que era un mal agricultor y administraba su tierra con ineficiencia, obteniendo a menudo cosechas pobres; sin embargo, no era un proletario, tenía intereses en el país, estaba establecido de forma permanente y se encontraba un peldaño más arriba en la sociedad que el obrero inglés de hoy.
De este modo, los obreros vegetaban a lo largo de una existencia pasablemente cómoda, llevando una vida recta y pacífica, con toda piedad y probidad; y su posición material era muy superior a la de sus sucesores. No necesitaban trabajar en exceso; no hacían más de lo que elegían hacer y, sin embargo, ganaban lo que necesitaban. Tenían tiempo libre para realizar trabajos saludables en el huerto o en el campo, labores que, en sí mismas, constituían una recreación para ellos, y además podían participar en las distracciones y juegos de sus vecinos; y todos estos juegos —bolos, críquet, fútbol, etc.— contribuían a su salud y vigor físicos. Eran, en su mayor parte, personas fuertes y bien formadas, en cuya constitución física apenas se advertía diferencia alguna respecto a la de sus vecinos campesinos. Sus hijos crecían en el aire fresco del campo y, si podían ayudar a sus padres en el trabajo, era solo de manera ocasional; mientras que de jornadas laborales de ocho o doce horas para ellos ni se hablaba.
El carácter moral e intelectual de esta clase puede imaginarse. Ajenos a las ciudades, en las que jamás entraban, ya que entregaban su hilo y sus telas