Yo dije: «Supongo que es el sexo, doctor, ¿no es así?» (Por supuesto, uno se acostumbra bastante a preguntar las cosas con absoluta franqueza, y no le importa lo más mínimo). Y él dijo que bueno, en gran medida; y que, por supuesto, eso era algo que padecía la mayor parte de la gente de un modo u otro, y que en estos tiempos uno no siempre podía tomar la vía obvia y directa para salir de un estado de represión sexual, porque a menudo resultaría social y económicamente inconveniente.
Yo comenté que con dos millones de mujeres de más en este país no parecía posible, desde luego, que todo el mundo pudiera casarse, y él sonrió y dijo:
«¡Mi querida señorita Milsom, la mitad de mis pacientes vienen a mí porque no están casados, y la otra mitad porque lo están!».
Nos reímos bastante con el asunto.
Él es muy simpático y bastante guapo, pero no parece considerar necesario que todos sus pacientes se enamoren de él, como aquel hombre tan raro al que fui a ver a Wimpole Street, que sufría horriblemente de halitosis.
Bueno, de todos modos, me preguntó qué era lo que me interesaba, y le dije que siempre había tenido la idea de que me gustaría escribir. Dijo que era una idea excelente, y que debía fomentarla intentando hacer un pequeño boceto o artículo todos los días, o simplemente anotando mis observaciones sobre la gente y las cosas tal como las veía. Estoy segura de que en esta casa tengo temas de sobra, al menos en lo que al matrimonio se refiere. ¡De verdad, querida, por lo que veo de los hombres, me alegro mucho de que haya otras salidas a mis problemas que la que el doctor Trevor llama la vía directa! ¿Te importaría, por favor, no tirar mis cartas, guárdalas en uno de los cajones de mi viejo escritorio cuando termines con ellas, porque creo que algún día podría usar algunos de los pequeños