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John Munting a Elizabeth Drake

John Munting a Elizabeth Drake

15a, Whittington Terrace 19.10.28

Maldita sea, sí, Bungie⁠—supongo que tienes razón. Nuestras ideas están siempre por delante de nuestras acciones, o más bien desalineadas con respecto a ellas, y nos movemos renqueantes, como un caballo en el tablero de ajedrez. Llegamos a alguna parte, aunque no sea el lugar al que creíamos apuntar. Para cuando llega la siguiente generación, las ideas que para nosotros eran nuevas y extrañas se han convertido en su lugar común habitual. Avanza directamente a lo largo de ellas, incluso cuando imagina que se rebela contra ellas.

Y después de todo, esto de imaginarse que uno es una clase de cosa y ser en realidad otra —todos lo hacemos, todo el tiempo, así que ¿por qué no iban a hacerlo naciones y épocas enteras? Por cierto, ¿has leído Writing Aloud de J. D. Beresford? Es enormemente fascinante, y me deleita el pasaje en el que cuenta cómo, en su verde juventud, tuvo un «impulso apasionado» de «salvar» a una joven prostituta con la que había hablado, y luego le suplicó desesperadamente a Dios que lo librara del pecado de hipocresía y lo hiciera de corazón sincero y todo eso— solo para alegrarse, más adelante en la vida, al descubrir que «no era una persona, sino cincuenta». Uno se imagina —uno se dramatiza a sí mismo hasta creer que va por un camino, y ¡he aquí que el sendero «se sacude un poco» como el de Alicia y uno se encuentra caminando de nuevo en la puerta de su casa.

Nuestra amiga la señora Harrison es un ejemplo perfecto de este asunto de la dramatización —y es muy capaz de dramatizarse a sí misma en dos direcciones totalmente incoherentes a la vez, un poco a la manera de la

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