Todos estábamos bastante asustados y angustiados, y cuando Lathom apareció el trimestre siguiente fuimos indulgentes con él. Le recordé a Lathom que lo habíamos llamado «Pirado», y él se rió y dijo que teníamos toda la razón.
Me acordé también de que en aquellos días Lathom se había ganado fama haciendo caricaturas de los profesores. Este don fascinante le había valido aún más tolerancia. No me sorprendió oír que se había convertido en artista. Dijo que estaba buscando un estudio y que había visto justo lo que necesitaba en Bayswater, solo que no podía permitirse alquilarlo.
Pregunté que por qué Bayswater, de entre todos los lugares. ¿Por qué no Chelsea o Bloomsbury? Pero Lathom dijo que no, que los alquileres eran demasiado altos y que, además, Chelsea y Bloomsbury eran irremediablemente pretenciosos y falsos. Vivían de segunda mano y no tenían creencias.
Para ver la vida vivida en bruto, uno en realidad debería ir a Harringay o Totting, pero no eran lo bastante céntricas. Bayswater estaba lo suficientemente cerca como para ser práctica y lo bastante alejada como para tener la salud propia de los suburbios.
—Los suburbios son los únicos lugares que quedan —dijo Lathom—, donde los hombres y las mujeres mueren y persiguen por sus creencias. Los artistas no creen en nada; ni siquiera en el arte. Viven en pequeñas camarillas y trazan los contornos de moda con los colores de moda. No saben amar; solo pueden fornicar y hablar. He conocido a unos cuantos. Y la aristocracia ha perdido la única creencia que la hacía tolerable: su creencia en sí misma. Es lo bastante tonta como para fingir que cree en el pueblo, ¿y de qué sirve una aristocracia jugando a ser democrática? Y el pueblo... —Hizo un gesto violento—. Libros de texto científicos baratos, ateísmo barato, sociología barata, ropa barata; vuestros malditos educadores no les han dejado creencia alguna. Se casan, y luego la mujer