Declaración de John Munting
Fue un error desde el principio que Lathom y yo montáramos casa juntos. Sucedió por pura casualidad, una de esas casualidades tontas e innecesarias que a uno le dan por soltar lugares comunes baratos sobre la fatalidad y los grandes asuntos que dependen de un encuentro fortuito. Antaño se consideraba muy poco filosófico entregarse a especulaciones sobre la coincidencia, y aún más basar en ella cualquier obra de arte, pero eso fue en los días en que creíamos en la causalidad. Ahora, gracias a la teoría cuántica y al segundo principio de la termodinámica, sabemos más. Sabemos que el elemento de aleatoriedad es lo que hace girar el Universo, y que los autores de novelas de misterio son más sabios en su generación que los hijos de la dulzura y de la luz.
Aun así, todavía queda aquí y allá una apariencia de causalidad, y sigo empeñado en achacar parte de la culpa a las imbecilidades del sistema de escuelas públicas. Si Lathom no hubiera llevado una vieja corbata de Wincaster, jamás le habría dirigido la palabra en aquel pequeño restaurante, el Au Bon Bourgeois, en Greek Street. O, a lo sumo, le habría pedido que me pasara la mostaza francesa. Tal como fueron las cosas, al verse quebrantada mi natural aversión hacia mis semejantes por obra del borgoña, tuve la estupidez de decir: «¡Hola! Ya veo que eres de la vieja escuela. ¿Nos conocemos?», y me vi al instante inundado y arrastrado por el torrente de la efusividad de Lathom.
Lathom es un extrovertido incorregible. Su tiroides y su hígado funcionan con un vigor alborotado. Sonríe con entusiasmo al mundo y es refractado a partir de todo y de todos los que conoce en un arcoíris de colores. Ese es su encanto fatal.