Hice cuanto pude por resultar repelente, pero la curiosidad de la buena señora no aceptaba negativas.
Anoche fue como una velada amistosa con el Gran Inquisidor. Le conté todo lo que quería saber sobre mis ingresos, mis perspectivas y mi familia, y lo propio sobre Lathom en la medida en que lo sabía, y para entonces ella estaba charlando con tanta picardía (¡preciosa palabra!) sobre las jóvenes del vecindario que pensé que lo mejor era simplemente mencionar que estaba comprometido.
Eso la puso aún más excitada, pero no le conté gran cosa, Bungie, viejo amigo. Tengo una especie de debilidad por ti, aunque no lo creas, hija mía, así que no dije nada.
¿No tenía yo una fotografía? No, yo no aprobaba las fotografías. Bueno, por supuesto, no eran más que algo mecánico, ¿verdad?
¿No había pintado el señor Lathom un retrato de mi prometida? Dije que, aunque me hacía pocas ilusiones sobre cualquiera de mis pertenencias, no podía someterte al suplicio de que te pintara Lathom.
Así que ella dijo que era muy propio de un hombre hablar de sus pertenencias, y supuso que el señor Lathom era muy Moderno (M mayúscula). Dije que sí, muchísimo, y que siempre pintaba a sus modelos con bocas verdes y la nariz torcida.
Así que dijo que suponía que, en cambio, te escribía poemas a ti. Le contesté que los poemas a la prometida eran un poco anticuados, ¿no le parecía?, y estuvo de acuerdo, y dijo: «¿Cuál era el título de mi siguiente volumen?». Así que solté al azar «Engendro», que me pareció bastante bueno para haberlo improvisado, y la dejó un poco descolocada, porque no estaba muy segura de cuál era la respuesta correcta, y se limitó a decir que aquello también sonaba muy moderno, y que esperaba que le regalara un ejemplar cuando se imprimiera. Entonces me vine arriba, y