realistas inconquistables, y hoy en día no se les enseña a halagar los delirios masculinos como antaño. Es incómodo pensar que tal vez nuestras reprimidas ancestras victorianas eran tan clarividentes como sus nietas más francas. De ser así, cómo debieron de reírse mientras daban sus mansas respuestas. En este siglo sí sabemos, más o nos menos, lo que están pensando, y nos encontramos con ellas en pie de igualdad; al menos, eso espero.
Me acordé de Lathom al recibir mi entrada para la Exposición Privada en la Academia el 3 de mayo.
Habíamos pasado nuestra luna de miel y estábamos listos para volver a nuestro lugar en el mundo.
Casi lo primero que vi, mientras avanzábamos a empujones entre la multitud, fue el rostro pintado de la señora Harrison, que destacaba resplandeciente en una pared llena de dignatarios cívicos y agotadas bellezas de la alta sociedad, con la estridente insistencia de una begonia en un arriate de heliotropos.
Había un pequeño corrillo de gente frente a él, y reconocí a Marlowe, el hombre que pinta esos desnudos enrevesados, y que causó sensación hace dos años con Los luchadores. Estaba disfrutando de su pasatiempo habitual de ser grosero con Garvice, el retratista. Su voz bramaba por encima del estruendo, y su capa negra ondeaba con brío debido a un brazo estirado. «Por supuesto que no te gusta —bramó con fuerza—, deja a todo lo demás en este sitio a la altura del betún. Eso no es de tu maldito arte; eso es pintura; una pintura, te lo digo yo».
Varias personas doloridas, que habían estado discutiendo sobre valores en tonos bajos, se encogieron ante el ruido indecoroso y esquivaron tambaleándose el movimiento de su puño peludo.