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nydus/The Documents in the CasePublic
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Harwood Lathom a John Munting

rancias, obteniendo mi placer de su ingenuo disfrute. O, al menos, del de ella; el viejo estaba tan irascible como siempre, y arrancó el rubor de la vergüenza en mi mejilla cosmopolita al abandonar un cabaret a mitad de función, arrastrando tras de sí a su esposa y a su amigo al más puro estilo de un mayoral de cortijo.

Estando demasiado furioso para hablar, no dije nada, y tuve el placer de presenciar una pelea familiar en el taxi de vuelta.

La bella Margarita estaba en realidad tan escandalizada como él, pobre niña, pero emocionada hasta un éxtasis impenitente a pesar de todo. Tiene madera de alma pagana decente si uno pudiera enseñarle.

Sin embargo, yo no tuve que enseñar nada. Su vulgar repugnancia (con la que, de haber tenido el tacto elemental de dejarla en paz, ella habría estado de acuerdo) la empujó a una oposición exaltada, y discutió el punto con una obstinación y una entrega que era un placer escuchar. No quise que me metieran por medio; no quería bronca y, además, ella no aprenderá nada a menos que lo discuta por sí misma.

De hecho, pedí disculpas y vine a decir que un artista se vuelve bastante ciego ante las conveniencias, ya que las piernas, como dijo el cobrador del autobús, no suponen ninguna novedad para él. De hecho, ¡me contuve maravillosamente y —me fui y anduve de un lado para otro hecho una furia toda la noche!

Después de eso fuimos a las galerías de arte, y tuve que aguantar las lecciones de arte de Harrison. Jamás he oído —ni siquiera en Chelsea— tanta jerga aplicada sobre una base tan macabra de ignorancia y mal gusto. Al hombre deberían crucificarlo en medio de todas sus propias y aborrecibles birrias. Lo habrías disfrutado, supongo, o habrías escrito algo sobre ello.

Recibimos el Año Nuevo bailando y con las habituales festividades imbéciles. La señora H. me dio las gracias con lágrimas de emoción en los

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