estabas muy espléndido y me hizo sentir tan orgullosa pensar que eras realmente todo mío y nadie lo sabía—, bueno, cuando te vi, pude sentir en todos mis dedos, querido, la extraña y encantadora sensación de tu cabello aquel primer día —te acuerdas— cuando apoyaste tu cabeza en mis rodillas y te derrumbaste y dijiste que me amabas. Una cabeza tan querida, querido, toda áspera y crespa, y los huesos fuertes y espléndidos debajo, llenos de pensamientos maravillosos. Si cierro los ojos puedo sentirla; lo estoy haciendo ahora, querido. Cierra los tuyos —ahora, en este minuto— y mira si no puedes sentir mis manos. ¿Lo hiciste, querido Petra?, ¿sentiste todo el amor y la vida que hay en ellas? ¡Dime cuando escribas si puedes sentirme como yo te siento a ti!
Escribirás, cariño, ¿verdad? Me dispensarás al menos ese pequeño rayo del gran fuego de tu vida y de tu amor.
No me dejes del todo a oscuras, Petra, y me conformaré con lo que sea que me des.
Todo ha sido tan espantoso que no tengo fuerzas para ponerme exigente, querido.