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nydus/The Documents in the CasePublic
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Declaración de John Munting

A la hora de decir: «Mi buen hombre, se equivoca usted. Mi amigo Lathom es el hombre al que debería buscar. Él y su mujer están manteniendo un romance, de lo cual usted es en gran medida culpable, si es que, en realidad, cabe alguna culpa en estas ingenuas manifestaciones de la selección natural»⁠—a la hora de la verdad, no lo dije. Mirando a Harrison, no pude decirlo. Me porté como un auténtico y perfecto caballero, y no dije absolutamente nada.

Después de eso, solo puedo suponer que quedé bastante embriagado por esta nueva y heroica visión de mí mismo. Fui directo a ver a Lathom y se lo conté. Exudaba suficiencia. Dije:

“He estado a tu lado. He guardado silencio. He accedido a marcharme de la casa ahora mismo. Pero solo lo haré si me prometes abandonar todo este asunto; largarte al mismo tiempo que yo. Deja en paz a esta gente. No tienes ningún derecho a arruinar la vida de este hombre honrado y de su mujer, que se las arreglaban bastante bien a su manera hasta que tú llegaste”.

Me puse solemne y ominoso al respecto. Me explayé sobre los sufrimientos de Harrison. Pinté un cuadro vívido de las miserias que la mujer inevitablemente debía padecer en el curso de una relación amorosa secreta. Lo taché de vulgar. Lo tildé de inicuo y egoísta. Utilicé expresiones que creía extintas del vocabulario desde los años ochenta. Y terminé diciendo:

“Si no me prometes hacer lo correcto, no puedes esperar que te apoye”. Lo cual era pura extorsión.

Debe de quedar más de las viejas inhibiciones vivas incluso en el más moderno de nosotros de lo que uno creería fácilmente. Lathom se sintió en realidad abochornado por mi elocuencia. Protestó al principio; luego se puso hosco; por fin, se conmovió.

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