Agatha Milsom a Olive Farebrother
15, Whittington Terrace, Bayswater 25.10.28
Querida Olive,
¡Ya estamos todos respirando de nuevo! El Oso se ha marchado a una de sus vacaciones de acampada, con todo y su equipo de pintura y media docena de blocs de notas. ¡Y pensar que va a escribir un libro!, en el que le dirá a la gente cómo vivir a base de ortigas y setas venenosas y cosas por el estilo, y cómo, en caso de otra Gran Guerra, podríamos mantener a toda la nación a base de erizos hervidos o alguna porquería similar. ¡Querida, es un alivio tan grande sacárselo de encima de la casa!
Por supuesto, no podía marcharse sin armar un escándalo. Tuvo el descaro de sugerir que la señora Harrison fuera con él—¡qué idea! en una casucha horripilante, en el quinto pino—húmeda como un pozo, no me extrañaría, sin agua corriente, ni saneamiento, ni nada de nada. ¿Se ha oído cosa igual? Naturalmente, la señora Harrison dijo que le apetecía más bien poco—¿qué se esperaba el hombre? No volvió a decir nada al respecto en ese momento—¡creo que ya le he enseñado a no avasallar a su mujer cuando yo ando cerca!—, pero se desquitó con ella cuando subieron arriba.
Entró llorando a las doce de la noche para dormir conmigo porque ya no lo soportaba más.
—Querida —le dije—, ¿por qué le das importancia? Si tanto desea tu compañía, ¿por qué no puede sacrificarse por una vez y llevarte a Brighton o Margate, o a algún otro lugar alegre y agradable? Simplemente le gusta hacer infeliz a la gente, eso es todo.