vendido por un buen precio, ya que es una obra magnífica, y él mismo dice que es una de las mejores cosas que ha hecho en su vida.
Pues lo terminaron a tiempo para el regreso del Oso, y la señora Harrison quedó encantadísima con él, y pensó que a la criatura le gustaría. Era de lo más conmovedor ver con cuántas ansias esperaba darle la sorpresa, la pobrecita.
Bueno, a él le gustó, a su manera huraña, aunque tuvo la impertinencia de criticar el cuadro; como si el señor Lathom no supiera más de Arte con los ojos cerrados de lo que el señor Harrison podría aprender en un año de nieves.
Y entonces todo se arruinó por el horrible egoísmo del Oso. El señor Lathom dijo —muy amable y cortésmente— que esperaba que al señor Harrison no le pareciera mal que lo enviaran a la Academia. Por supuesto, como era lo mejor que había hecho, cualquiera pensaría que tenía derecho a exponerlo, y pensaría también que, cuando alguien recibe un regalo tan valioso, estaría más que dispuesto a complacer a los demás.
Pero el muy cerdo se limitó a decir: «Bueno, Lathom, no creo que podamos llegar tan lejos. A mi esposa difícilmente le agradaría ser puesta en exhibición, ya sabes».
Podía ver que la señora Harrison sentía terriblemente la descortesía hacia el señor Lathom, y dijo de inmediato que le encantaría que se exhibiera el retrato, y entonces él se echó a reír —simplemente se echó a reír, como si no tuviera importancia para nadie—, y dijo: «Oh, Lathom no va a insistir en hacer una exposición de ti, querida». Se veía lo mortificado que estaba el señor Lathom, y la señora Harrison también, y le suplicó y rogó que no fuera tan egoísta y desagradable, y el señor Lathom se defendió y dijo que, si a la señora Harrison le gustaría que se mostrara su retrato, desde luego él no iba a actuar como un marido victoriano.